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La Galerna

·3 avril 2025

Endrick y el posbenzemismo

Image de l'article :Endrick y el posbenzemismo

La adolescencia y la primera juventud son terrenos propicios para el mito. En esos años de forja de la personalidad empieza a configurarse, por primera vez de una manera semiindependiente, un gusto más o menos propio. Es el instante en que las fascinaciones emergen con fuerza: estilos musicales, figuras con carisma, películas, libros e incluso corrientes artísticas comienzan a erigirse como elementos de identidad.

La influencia externa -antes los amigos, hoy las redes: siempre la tribu- se mezcla con una búsqueda interior que trata de definir quién eres y, más importante aún, quién aspiras a ser. Esto último a menudo jamás termina de averiguarse en un sentido pleno; de ahí que la estética constituya una aproximación que alivia parcialmente las incógnitas sobre uno mismo. Puede que uno nunca sepa con claridad lo que quiere ser en la vida, pero es más sencillo que adivine cómo quiere verse reconocido.


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El fútbol no solo no escapa de la atracción estética como pilar identitario, sino que es una dimensión donde el fetichismo campa a sus anchas. Hasta la saciedad hemos hablado de esos clubes melancólicos que tiran a la basura sus exigencias y potencial, esclavos de un relato tan arquetípico como pretendidamente atractivo -creo que en la semifinal de Copa del Metropolitano se acaban de enfrentar dos irritantes ejemplos-. Pero el peligro del narcisismo decorativo no reside únicamente en la autocomplacencia castradora: el exceso de purismo también impide disfrutar de otros tipos de diversidad. Y esa reverencia al totemismo no alude solo a nuestra relación con el escudo de nuestro club: también condiciona nuestro acercamiento y alejamiento a determinados futbolistas. O, por decirlo de un modo más preciso, a determinadas formas de ser futbolista. Volviendo a la adolescencia, y para no seguir mareando al lector, hablaré de la mía. Mi primer año de universidad coincidió con la llegada al Madrid de Karim Benzema, quien, tras unos meses de duda, se convirtió en mi referencia de lo que tenía que ser un delantero de mi equipo.

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Ahora habrá quien lo niegue, pero Benzema fue muy discutido entre el madridismo. A pesar de su capacidad para hilvanar el juego, su incontestable labor de zapa para Ronaldo y sus, no hay que olvidarlo, goles y asistencias en momentos muy precisos, la sombra de la sospecha no lo abandonó hasta sus últimas temporadas. Demasiados fallos groseros. Demasiada abulia a la hora de pisar los terrenos que su dorsal le exigía. Demasiada tendencia a caer en posición antirreglamentaria. Demasiada delicadeza, incluso. Sus detractores nos acusaban a los incondicionales de estar ridículamente enamorados de la belleza que desprendían sus gestos técnicos, árboles –bonsáis, probablemente- que no nos dejaban ver el bosque de sus carencias.

Acaso Endrick esté llamado a constituirse como el nuevo modelo de delantero feroz, implacable, arrebatado y hasta voluptuoso que sirva de referencia para los adolescentes madridistas, para quienes la primorosa red combinativa de Benzema no sea ya más que un eco de otro tiempo

No negaré que su condición de diletante talentoso, perdido en contradicciones y monólogos interiores y un punto perezoso, conmovía especialmente a mi yo postadolescente. Karim resultaba insoportable para las personas íntegras que pueblan esta sociedad adicta al 24/7, pero esa actitud, casi contracultural, a mi juicio le aportaba un especial encanto. Cómo no perdonar un par de bostezos en el Villamarín o en Balaídos, a cambio de un taconazo en el Camp Nou o la jugada que demolió el Calderón. Mon semblable, mon frère. Pero es que, además, el destino le tenía preparada una coda grandiosa: marchado Cristiano, Benzema trascendió y asumió el liderazgo que muchos le reclamaban. Entonces el francés nos regaló cuatro o cinco años de nivel Balón de Oro, coronados con la mejor Copa de Europa de nuestras vidas. Y resumió su excepcional trayectoria con un improvisado corolario, exquisito en su simpleza y precisión -¡cuántas novelas se han olvidado por no tener un título a la altura!-: “Juego para la gente a la que le gusta el fútbol... Juego para la gente que sabe mucho de fútbol”.

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Me concederán que tampoco hace falta ser un adolescente obsesionado por la estética para caer rendido ante semejante leyenda. Cómo un gigante así no iba a proyectar su sombra sobre los que vinieran detrás. No se me malinterprete: tampoco es que sus partidarios despreciásemos per se la alternativa de un nueve más clásico, fajador, de esos que rematan lavadoras. Un Joselu podía aceptarse, y de hecho lo apreciábamos. Como se aprecia una herramienta práctica, eficaz, utilísima. Incluso podemos llegar declamar encendidos poemas cuando esta se transforma en héroe inesperado; no obstante, admitamos que siempre desde una consideración secundaria. Injusto, quizá, mas los mitos de la adolescencia pesan demasiado.

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Pensaba en todo esto mientras veía el otro día a Endrick en el césped del Bernabéu. A priori, sus cualidades no pueden divergir más de las de Karim. Su relación con el balón es voraz y violenta, en absoluto sutil. Tampoco muestra el altruismo de Benzema repartiendo el juego, homologable al de un padre con el pan en la mesa: nuestro favelero es tan egoísta que a los tres partidos se atrevió a tirar desde casi medio campo desbaratando un contragolpe de diecisiete atacantes contra un defensor. Por otro lado, sabe moverse en la ciénaga del otro fútbol: es capaz de devolver las artimañas de los centrales multiplicadas por diez; a diferencia de un Karim que, en esos trances, se encogía de hombros y trataba de engarzar las paredes en menos espacio.

Quién sabe qué nuevo icono ejemplar se estará formando en el imaginario futbolero de los chavales de ahora. Acaso Endrick esté llamado a constituirse como el nuevo modelo de delantero feroz, implacable, arrebatado y hasta voluptuoso que sirva de referencia para los adolescentes madridistas, para quienes la primorosa red combinativa de Benzema no sea ya más que un eco de otro tiempo. Leído así, una punzada aquejaría sin duda al jovencito que fui. Aunque he de reconocer que servidor también sintió un estremecimiento la noche del martes, cuando el niño, en dos maniobras tan directas como audaces, absolutamente ausentes de cualquier artificio o engaño, se fabricó una chilena rodeado de enemigos más altos. Otro estilo en otro molde, pero igualmente disfrutable. Quizá eso sea a lo que llaman madurar: el abrazo al eclecticismo al que la vida ya te empuja. Si es que en algún momento el hincha puede aspirar al utópico propósito de dejar de ser un perpetuo adolescente.

Getty Images

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